Y lo más interesante es que no será destruido por los movimientos comunistas que durante más de dos siglos han intentado acabar con él, ya sea desde lo cultural, lo político o lo económico. Esos intentos han existido, pero no han sido la causa real de su posible declive.
El verdadero problema del capitalismo parece ser interno: la acumulación excesiva de riqueza y poder ha llegado a un punto difícil de sostener. Hoy en día, cada vez es menos viable que las personas sean propietarias de lo que consumen. En su lugar, el modelo dominante se está transformando hacia el acceso mediante suscripciones, lo que genera ingresos constantes para las empresas, pero también dependencia para los usuarios.
Este cambio ya es evidente en industrias como la música, el cine y las series. Plataformas como Spotify o Netflix han reemplazado la propiedad por el acceso. Ya no compramos discos ni películas; pagamos por utilizarlas temporalmente.
La pregunta es: ¿qué sigue?
Es posible que este modelo se expanda hacia sectores más sensibles, como la vivienda. Podríamos llegar a un punto en el que grandes constructoras o fondos de inversión controlen la mayor parte del mercado inmobiliario, obligando a las personas a vivir permanentemente en arriendo, sin posibilidad real de propiedad.
Mientras tanto, los partidos políticos podrían empezar a canalizar estas dinámicas, transformándolas en ideologías que justifiquen este nuevo orden económico.
En este contexto, el “final” del capitalismo podría darse de dos formas. La primera sería una especie de ruptura abrupta, un cambio global que obligue a las personas a adaptarse a un nuevo sistema. La segunda, más probable, sería una transformación lenta: el capitalismo no moriría de golpe, sino que se iría diluyendo progresivamente, adoptando nuevas formas, disfrazadas de innovación, modernidad y tendencia.
En otras palabras, no desaparecería… simplemente dejaría de ser lo que conocemos hoy.
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