martes, 31 de marzo de 2026

Dividir para gobernar: la arquitectura invisible del poder

En política, la cohesión social no siempre es funcional al poder. Una sociedad homogénea, articulada y con intereses comunes bien definidos tiende a ser más exigente, más difícil de manipular y menos permeable a narrativas impuestas. En contraste, una sociedad fragmentada reduce su capacidad de acción colectiva.
La fragmentación no surge únicamente de conflictos naturales. En muchos casos, es amplificada, organizada e incluso incentivada desde estructuras de poder que entienden su valor estratégico. Diferencias culturales, ideológicas, religiosas o morales dejan de ser simples expresiones sociales y se convierten en líneas de fractura explotables.
Cuando los problemas sociales no se canalizan de forma orgánica, sino que se encapsulan en dogmas rígidos, se produce una transformación: el debate se sustituye por la confrontación, y la identidad reemplaza al argumento. En ese entorno, los individuos dejan de interactuar como ciudadanos y pasan a operar como miembros de bloques enfrentados.
Este escenario tiene efectos colaterales relevantes:
Se debilita la noción de interés común.
Se fragmenta la legitimidad institucional.
Se facilita la intervención de actores políticos que se posicionan como “mediadores” o “salvadores”.
El político que comprende estas dinámicas no necesariamente crea el conflicto, pero sí sabe identificar dónde amplificarlo y cómo capitalizarlo. Las crisis —ya sean culturales, económicas o morales— generan vacíos que luego pueden ser ocupados por discursos de orden, protección o reivindicación.
En este proceso, los medios de comunicación juegan un rol determinante. No como actores monolíticos, sino como amplificadores de narrativas. Bajo marcos como “derechos”, “justicia” o “democracia”, pueden intensificar tensiones existentes, redefinir prioridades sociales y moldear percepciones colectivas.
Sin embargo, existe un límite estructural: cuando la fragmentación supera cierto umbral, deja de ser herramienta y se convierte en riesgo sistémico. La erosión de confianza, la radicalización y la incapacidad de generar consensos pueden terminar debilitando incluso a quienes inicialmente se beneficiaban del caos.
En ese sentido, la división no es solo una estrategia de poder. Es también un arma de doble filo.

Caracol Televisión, narrativa y poder: cuando el escándalo es interno

Hablar de Caracol Televisión no es solo hablar de un canal: es hablar de uno de los principales arquitectos del relato mediático en Colombia. Su capacidad no está únicamente en informar, sino en decidir qué se amplifica, qué se diluye y bajo qué encuadre se presenta.
El reciente contexto de denuncias por presunto acoso laboral y sexual que involucran a figuras como Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego tensiona precisamente ese rol. No tanto por la existencia de las denuncias —que deben investigarse con rigor— sino por lo que revelan: qué pasa cuando el foco apunta hacia adentro del propio ecosistema mediático.
Mientras en redes sociales y medios alternativos el tema escala rápidamente, la reacción institucional ha sido medida. Voces como Gonzalo Córdoba (presidente del grupo), Juan Roberto Vargas (director de Noticias Caracol) o Néstor Morales desde Blu Radio han optado por una línea prudente: reconocer la situación, anunciar auditorías internas y evitar juicios anticipados.
Hasta ahí, institucionalmente correcto.
El punto crítico aparece cuando se contrasta este manejo con el tratamiento que el mismo ecosistema suele dar a escándalos externos. Si los implicados fueran ajenos al círculo de influencia de Grupo Valorem (al que pertenece Caracol), es razonable pensar que la cobertura sería más intensa, más sostenida y probablemente más incisiva.
Esto no es necesariamente una conspiración, sino una lógica estructural del poder mediático:
los medios no solo informan la realidad, también la jerarquizan.
Y en esa jerarquización ocurren varias cosas:
Se define la frecuencia del tema (cuánto aparece).
Se moldea el tono (denuncia, cautela, relativización).
Se seleccionan las voces autorizadas.
Se establece cuándo un tema deja de ser “noticia”.
En ese sentido, el caso revela una tensión clásica en comunicación: la dificultad de los medios para investigarse a sí mismos con la misma severidad con la que investigan a otros.
También hay un elemento humano y estructural que no se puede ignorar: muchas posibles víctimas no denuncian a tiempo por miedo a perder su trabajo o quedar aisladas en una industria altamente concentrada. Esto no es exclusivo de un canal, sino un patrón que se repite en múltiples sectores donde hay asimetrías de poder.
Ahora bien, afirmar que el medio “siempre se lavará las manos” es una hipótesis fuerte. Puede ocurrir, pero no es automático. Hoy existen contrapesos que antes no tenían tanto peso:
Redes sociales que rompen el monopolio narrativo.
Periodismo independiente.
Presión reputacional en tiempo real.
Eso obliga incluso a grandes estructuras como Caracol Televisión a gestionar estos casos con más cuidado del que históricamente era necesario.

sábado, 28 de marzo de 2026

América de Cali y el mito del dinero: cuando el problema no es cuánto inviertes, sino cómo entiendes el juego

La discusión alrededor del América de Cali en la era de Tulio Gómez y Marcela Gómez suele quedarse en la superficie: si falta inversión, si no quieren arriesgar, si el hincha no responde.
Pero el problema real es más incómodo:
no es un tema de falta de dinero, es un tema de estructura, ejecución y contexto.

Empresa ordenada, club inconsistente Nadie puede negar que el América pasó de ser una institución caótica a una organización más seria. Hay control, hay orden, hay lógica empresarial.
Pero el fútbol no funciona como una empresa tradicional.
Aquí no gana el que mejor cuadra Excel, sino el que:
Sostiene procesos
Reduce errores deportivos
Entiende su entorno competitivo
Y ahí es donde el América empieza a fallar.
El discurso del “no queremos arriesgar” no alcanza
Cuando desde la dirigencia se dice que todo el capital está invertido en el club y que no se quiere arriesgar más, el mensaje suena prudente… pero incompleto.
Porque el problema no ha sido la falta de inversión, sino:
Técnicos que no duran
Proyectos que se rompen
Jugadores mal seleccionados
Eso también cuesta dinero. Y mucho.
Cada error deportivo genera:
Indemnizaciones
Plantillas desbalanceadas
Pérdida de valor en jugadores
Eliminaciones que reducen ingresos
No arriesgar no evita pérdidas si las decisiones son ineficientes.Nacional y Junior: no son ricos infinitos, son estructurados
Existe la percepción de que clubes como:
Atlético Nacional
Junior de Barranquilla
juegan en otra liga económica. Pero eso es más mito que realidad.
Detrás están:
Organización Ardila Lülle
Grupo Empresarial Char
cuyo negocio principal está en:
Postobón
Olímpica
El fútbol no es su fuente principal de ingresos. Es un activo estratégico.
¿La diferencia?
No invierten más: invierten mejor.
Presupuestos coherentes
Menos improvisación
Procesos más estables
No son perfectos, pero se equivocan menos.
Deportes Tolima: la prueba incómoda
Si hay un caso que desmonta el mito del dinero, es Deportes Tolima.
Menos presupuesto.
Menos ruido.
Más resultados.
¿Por qué?
Porque hay:
Continuidad
Scouting eficiente
Decisiones coherentes
En Colombia, eso pesa más que el capital.
Cali: el límite que nadie quiere admitir
Aquí entra el factor más ignorado:
Cali.
No es comparable con:
Bogotá
Medellín
en términos de:
Ingreso disponible
Formalidad laboral
Consumo en entretenimiento
Un abono que puede ser razonable en otras ciudades, en Cali es una barrera.
Por eso:
No se llena el estadio constantemente
No hay cultura masiva de abonados
Los grandes eventos son menos frecuentes
No es falta de pasión. Es capacidad económica real.
El error de culpar al hincha
Decir que la gente no va al estadio es simplificar el problema.
El hincha responde cuando:
Hay identidad
Hay proyecto
Hay coherencia
Pero también cuando puede pagar.
Y en Cali, ese factor es determinante.
¿Entonces qué necesita el América?
No más excusas. Más precisión.
1. Aceptar errores de gestión
No es falta de dinero, son decisiones mal ejecutadas.
2. Estabilidad deportiva real
Proyectos de largo plazo, no ciclos cortos.
3. Adaptarse al mercado caleño
Precios más accesibles
Mayor volumen, menor margen
4. Profesionalizar el scouting
Comprar mejor, no comprar más.
5. Reconstruir identidad
Menos discurso empresarial, más cultura futbolera.

La cantina: escape, exceso y contradicción social

Las cantinas de barrio son espacios cargados de una estética particular: olor a alcohol, cigarrillo, desinfectantes fuertes y música popular a alto volumen. En estos lugares, ubicados en zonas comunes de cualquier ciudad de colombia, se canalizan frustraciones, deseos reprimidos y, sobre todo, una sensación momentánea de poder.
El alcohol y la música cumplen una función psicológica clara: alteran la percepción individual y amplifican emociones. Bajo ese efecto, muchas personas experimentan una ilusión de control y protagonismo, como si por unas horas fueran dueños de su vida y su entorno.
Las conversaciones que emergen suelen girar en torno a temas recurrentes: sexo,fútbol, relaciones, dinero y política. Sin embargo, estas discusiones no suelen profundizar; más bien reflejan una expresión cruda, impulsiva y, en muchos casos, vulgar de la condición humana.
Existe también una contradicción estructural. Muchos de quienes frecuentan estos espacios llevan vidas económicamente limitadas, pero destinan una proporción significativa de sus ingresos a este tipo de consumo. Desde una perspectiva financiera, es un comportamiento ineficiente: ingresos bajos con gastos recurrentes en bienes no productivos.
Cuando el consumo de alcohol se intensifica —y en ocasiones se mezcla con otras sustancias—, el entorno puede volverse inestable. Aparecen conflictos, agresividad y episodios de violencia: peleas, botellas rotas y situaciones que pueden escalar rápidamente. Lo que inicia como escape termina, en algunos casos, en descontrol.
Más allá de lo individual, este fenómeno tiene implicaciones sociales. Las cantinas son negocios rentables y cumplen una función económica, pero también pueden reforzar patrones culturales asociados al exceso, la evasión y la baja planificación financiera. En ciertos casos, estas dinámicas impactan otras áreas de la vida, como la familia y la responsabilidad personal.
Reducir este fenómeno únicamente a “folclore popular” sería simplificarlo demasiado. En realidad, es un reflejo complejo de tensiones sociales,  hábitos culturales y mecanismos de escape en contextos urbanos.

El periodismo: entre el ideal ético y la realidad del poder

El periodista, en su definición más idealizada, es aquel profesional que, mediante herramientas técnicas y criterio informativo, logra mostrar a la sociedad tanto sus virtudes como sus defectos. Su función sería dar visibilidad a los problemas, promover el debate y proteger un valor fundamental: la libertad de expresión.
Ese es el lado romántico de la profesión.
Sin embargo, la realidad dista bastante de ese ideal.
En la práctica, el periodismo opera muchas veces como un espacio de poder donde la información no solo se transmite, sino que se selecciona, se moldea y se dosifica. No se trata únicamente de informar, sino de decidir qué merece ser visible, qué debe permanecer oculto y bajo qué narrativa debe ser interpretado por la sociedad.
En este contexto, los medios de comunicación funcionan también como estructuras económicas. La generación de ingresos condiciona agendas, prioridades y enfoques. La información se convierte en producto, y el criterio editorial puede verse influenciado por intereses comerciales, políticos o ideológicos.
Un mecanismo frecuente es la construcción de figuras mediáticas: periodistas carismáticos, con alta capacidad de conexión emocional, pero en ocasiones con bajo nivel de cuestionamiento crítico. A través de ellos, se introducen temas sensibles de manera progresiva, permitiendo que la sociedad los asimile con el tiempo hasta normalizarlos.
Así, el periodismo no solo informa: también orienta percepciones.
Además, cumple una función clave en la dinámica de las élites. Sirve como canal para expresar, confrontar o negociar conflictos de poder, generando narrativas que representan intereses específicos. En este sentido, actúa como un intermediario entre distintos grupos de influencia y la opinión pública.
Por eso, suele denominarse el “cuarto poder”.
Pero su impacto va más allá: puede construir o destruir reputaciones, legitimar discursos o deslegitimarlos, y moldear la realidad social percibida. Es, en muchos casos, tanto herramienta de control como de transformación.
A diferencia de otros poderes formales, el periodismo difícilmente enfrenta mecanismos de control equivalentes. Su legitimidad se sostiene en la defensa de la libertad de expresión, un pilar esencial de cualquier sistema democrático. Esta misma protección lo hace diverso, dinámico… y también complejo de regular.
En esa tensión constante entre ética, poder e intereses, se define el verdadero rostro del periodismo.

¿Está el capitalismo en su fase terminal?

El capitalismo está entrando en una fase crítica. Algunos dirían que está en su etapa terminal, esperando una especie de eutanasia o simplemente a que su corazón deje de latir.
Y lo más interesante es que no será destruido por los movimientos comunistas que durante más de dos siglos han intentado acabar con él, ya sea desde lo cultural, lo político o lo económico. Esos intentos han existido, pero no han sido la causa real de su posible declive.
El verdadero problema del capitalismo parece ser interno: la acumulación excesiva de riqueza y poder ha llegado a un punto difícil de sostener. Hoy en día, cada vez es menos viable que las personas sean propietarias de lo que consumen. En su lugar, el modelo dominante se está transformando hacia el acceso mediante suscripciones, lo que genera ingresos constantes para las empresas, pero también dependencia para los usuarios.
Este cambio ya es evidente en industrias como la música, el cine y las series. Plataformas como Spotify o Netflix han reemplazado la propiedad por el acceso. Ya no compramos discos ni películas; pagamos por utilizarlas temporalmente.
La pregunta es: ¿qué sigue?
Es posible que este modelo se expanda hacia sectores más sensibles, como la vivienda. Podríamos llegar a un punto en el que grandes constructoras o fondos de inversión controlen la mayor parte del mercado inmobiliario, obligando a las personas a vivir permanentemente en arriendo, sin posibilidad real de propiedad.
Mientras tanto, los partidos políticos podrían empezar a canalizar estas dinámicas, transformándolas en ideologías que justifiquen este nuevo orden económico.
En este contexto, el “final” del capitalismo podría darse de dos formas. La primera sería una especie de ruptura abrupta, un cambio global que obligue a las personas a adaptarse a un nuevo sistema. La segunda, más probable, sería una transformación lenta: el capitalismo no moriría de golpe, sino que se iría diluyendo progresivamente, adoptando nuevas formas, disfrazadas de innovación, modernidad y tendencia.
En otras palabras, no desaparecería… simplemente dejaría de ser lo que conocemos hoy.

Colombia al Mundial 2026: ¿Clasificación o premio a la mediocridad?

La Selección Colombia está oficialmente en la lista de la FIFA para ser una de las 48 selecciones que jugarán el Mundial de 2026. Una noticia que, en cualquier otro tiempo, habría sido recibida como un logro de gran jerarquía. Sin embargo, bajo el nuevo formato de la FIFA, esta clasificación tiene un sabor distinto: parece más un trámite que una verdadera hazaña deportiva.
   

La FIFA, con su decisión de ampliar la cantidad de participantes, pasó de 32 a 48 selecciones para la próxima Copa del Mundo. En el caso de Sudamérica, esto significa que la CONMEBOL pasó de 4,5 cupos (cuatro directos y un repechaje) a 6,5 cupos. Es decir, ahora seis selecciones clasifican de manera directa y una más puede acceder mediante repechaje. En números simples: el 70 % de las selecciones sudamericanas estarán en el Mundial. ¿De verdad sigue siendo la eliminatoria “más difícil del mundo”?




La Colombia de números planos

Colombia terminó en la tercera posición de las eliminatorias con 28 puntos. Una ubicación que, en la foto final, parece sólida. Sin embargo, detrás de ese número se esconden inconsistencias notorias:

Hubo rachas de hasta cuatro y cinco partidos sin ganar, que en otros formatos de clasificación habrían significado un serio riesgo de eliminación.

Ejemplo claro: empate 0-0 frente a Perú en Barranquilla, donde Colombia tuvo 71 % de posesión, 15 remates contra uno, y aun así no pudo marcar. Un síntoma de falta de jerarquía y contundencia.

También hubo derrotas incomprensibles, como la caída 0-1 contra Ecuador jugando en casa, con un rival que incluso terminó con 10 hombres.


Estos episodios muestran que Colombia no tuvo un rendimiento arrollador. Clasificó más por el contexto favorable de la ampliación de cupos que por una superioridad indiscutida en la cancha.




El espejismo de la prensa y la afición

La prensa nacional, homogénea y condescendiente, venderá esta clasificación como un gran logro. Se repetirán los discursos de “una Colombia top”, y no faltará la parafernalia mediática al regreso de un Mundial donde, probablemente, la Selección tenga una actuación moderada: pasar la fase de grupos contra rivales débiles de otras confederaciones y caer en rondas de eliminación ante equipos de mayor peso histórico.

El problema no es clasificar: es cómo se clasifica. Si el camino al Mundial se ha vuelto más plano, ¿qué tanto mérito hay en cumplir con lo que, por matemática, ya parece casi garantizado?




Exigencia que se confunde con humillación

Colombia debería aspirar a más: a competirle de igual a igual a Argentina y Brasil en partidos oficiales, a demostrar jerarquía contra los grandes y no sólo en amistosos. Sin embargo, aquí la exigencia suele confundirse con “humillación”, y la crítica con “falta de apoyo”. El conformismo se disfraza de orgullo.




Conclusión: un Mundial de espejismos

La clasificación de Colombia a 2026 no es una proeza; es consecuencia de una FIFA clientelista, que reparte cupos para contentar a todos y garantizar el negocio. La Selección se beneficia de ello, y con un nivel irregular logra un pase que antes hubiera requerido mucho más esfuerzo.

El reto verdadero no es estar en el Mundial —porque hoy estar parece garantizado— sino demostrar en la cancha que Colombia puede competir con los grandes sin depender de ampliaciones, repechajes o favores estadísticos.

De lo contrario, seguiremos celebrando lo mínimo como si fuera lo máximo, mientras el fútbol colombiano se estanca en la mediocridad.