En esta entrada reflexiono sobre el impacto de Tulio Gómez en el América de Cali. No se trata de atacar personas ni alimentar odios, sino de preguntarnos: ¿estamos dispuestos como hinchas a exigir con argumentos y madurez? ¿Puede el club crecer más allá del modelo actual?
No está mal que el fútbol se entienda como un negocio. De hecho, lo es. Desde los derechos de televisión hasta la venta de camisetas, pasando por la formación de jugadores y la infraestructura, el fútbol mueve miles de millones y genera empleo, desarrollo y visibilidad. Pero una cosa es administrar un club con mentalidad empresarial, y otra muy distinta es convertirlo en un proyecto personal sin visión colectiva.
El América de Cali, uno de los clubes más grandes y simbólicos de Colombia, vive desde hace años bajo el mando de Tulio Gómez. A su nombre hay que reconocerle méritos indiscutibles: asumió el reto de sacar al club del infierno de la B, devolvió la esperanza a una hinchada devastada, y celebró dos títulos en la A, algo que parecía imposible una década atrás.
Sin embargo, los ciclos también se agotan. Desde entonces, la dirección del club ha caído en una serie de decisiones que han generado inquietud. Las frecuentes salidas de técnicos, la exposición pública de diferencias internas, el manejo de referentes históricos del club, y los anuncios intempestivos sobre posibles proyectos que no terminan de aterrizar, han ido desgastando la relación con la hinchada. La reciente salida de Juan Fernando Quintero, por ejemplo, dejó una sensación de desconcierto y desinformación que no ayuda a fortalecer la confianza.
La crítica no busca deslegitimar a Tulio Gómez ni a su familia, mucho menos atacar de manera personal a quienes están hoy en la cabeza del club. Pero sí es necesario, y sano para el fútbol colombiano, cuestionar con madurez. Porque la pasión no debe ser excusa para el silencio, ni el respeto debe confundirse con sumisión.
Preocupa también el tono de algunas declaraciones en medios. Las entrevistas donde se minimiza el sentir del hincha o se habla del club como un proyecto casi privado, restan sensibilidad y desconectan a la dirigencia del sentir popular. La idea de un nuevo estadio por fuera de Cali, por ejemplo, puede tener argumentos técnicos o logísticos, pero pierde legitimidad cuando no nace del diálogo con la comunidad ni de una visión institucional compartida.
Tulio Gómez tiene todo el derecho de administrar su inversión como crea conveniente. Pero también es cierto que América no es una empresa cualquiera. Es un símbolo cultural. Es historia viva. Y su hinchada, una de las más leales del continente, merece respeto, escucha y claridad.
El objetivo de esta columna no es destruir reputaciones, ni personalizar las diferencias. Se trata de abrir una conversación necesaria: ¿puede el fútbol colombiano elevar sus estándares de gestión sin renunciar a su esencia popular? ¿Podemos los hinchas criticar sin ofender, y los dirigentes aceptar esas críticas sin verlas como ataques?
Tal vez es hora de que la madurez nos alcance también en las graderías y en los palcos. Que la crítica no se silencie, pero tampoco se contamine de odio. Y que el amor por la camiseta no nos impida exigir lo que merece su historia.
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